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Por la Psicóloga Clínica y Terapeuta Familiar Yusmeiry Michel
En los últimos días, un caso estremecedor volvió a poner en evidencia una realidad que preferimos no mirar: un adolescente de 13 años lideraba una banda delictiva. Según su madre, el menor mostraba conductas problemáticas desde los cuatro años. Más allá del impacto que genera la noticia, este hecho revela una verdad cruda: detrás de la violencia infantil, casi siempre hay una historia de carencias, abandono y dolor.
Cuando un niño actúa con agresividad o rebeldía, rara vez lo hace por simple maldad. Con frecuencia, esos comportamientos son una forma desesperada de expresar lo que no puede decir con palabras. Son señales de un vacío afectivo, de un entorno donde el amor, la atención o los límites brillan por su ausencia. Si en casa hay violencia, consumo de drogas o ejemplos de conducta delictiva, el menor crece creyendo que eso es lo normal. Lo que debería ser un refugio se convierte en una escuela del dolor.
No se trata de justificar los delitos, sino de entender sus raíces. Un niño que crece en un ambiente disfuncional, donde la violencia es cotidiana, difícilmente aprenderá a resolver los conflictos con empatía o autocontrol. En esos contextos, las pandillas aparecen como una alternativa: un lugar donde por fin se sienten reconocidos, aunque sea por las razones equivocadas.
Desde la psicología, este tipo de casos exigen un abordaje basado en la comprensión, no solo en el castigo. Estos adolescentes necesitan acompañamiento emocional, límites firmes pero amorosos, y oportunidades reales para reinsertarse en una vida sana. También es vital fortalecer los lazos familiares, crear programas de apoyo y ofrecer espacios donde puedan canalizar su energía en actividades constructivas.
A veces, el niño que delinque no está buscando hacer daño, sino ser visto. Es su forma de gritar que algo no funciona, que el mundo le falló primero. Antes de señalarlo con el dedo, deberíamos preguntarnos qué hizo —o dejó de hacer— la sociedad para que un niño de trece años terminara liderando una banda criminal.
Porque detrás de cada menor que empuña un arma, hay un adulto que no lo escuchó a tiempo. Y ese, lamentablemente, es un delito que cargamos todos.