
Entre la noche del 30 de junio y el 1° de julio de 1934, el líder nazi ordenó matar al temible jefe de los “camisas pardas” Ernst Röhm –hasta entonces su amigo y colaborador– y otras 84 personas, entre los que se contaban incluso jerarcas de su partido, con la excusa de que preparaban un golpe de estado para derrocarlo: Los detalles de la sangrienta “Operación Colibrí”.
“En esa hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán. Di la orden de disparar a los cabecillas de esta traición y además di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que, en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio”.
La voz de Adolf Hitler, canciller del Reich, surgió dura y enérgica de los aparatos de radio en los hogares alemanes, la noche del 13 de julio de 1934. Su discurso era un mensaje al Ejército, pero Joseph Goebbels había decidido retransmitirlo a todo el país.
Entre los muertos se contaban no pocos líderes, entre ellos el poderoso jefe de las SA, las tropas de asalto del partido nazi, Ernst Röhm, dos de sus lugartenientes más reconocidos, dos prestigiosos generales del ejército y decenas de “camisas pardas” (el uniforme de las SA) que, según el mensaje, habían intentado desplazarlo.
No era cierto, pero a casi nadie –a excepción de las víctimas– le importaba. Lo ocurrido “la noche de los cuchillos largos”, como quedaría escrita en la historia, había sido una purga feroz para limpiar los propios intestinos del poder y catapultar a Hitler a un liderazgo definitivo que ya nadie se atrevería siquiera a cuestionar.
Röhm, un socio inquietante
Nombrado canciller a fines de enero de 1933, para mediados de 1934 Hitler estaba lejos de acumular el poder que lo llevaría a ser el líder absoluto de Alemania en los siguientes diez años. Ya había logrado prohibir a todos los partidos políticos rivales y llevado al país a un régimen unipartidista controlado por los nazis, pero le faltaba controlar el ejército, que respondía al presidente Paul von Hindenburg, un prestigioso mariscal de campo cuya salud estaba para entonces debilitada.
En ese contexto, Ernst Röhm propuso fusionar –un eufemismo de subordinar– al Ejército con las SA, que funcionaban ya no solo como grupo de choque del partido nazi –aunque mantenía cierta autonomía– sino que tenía la envergadura de una fuerza paramilitar.
Fuente: INFOBAE