El Mundo
Publicado el octubre 19, 2022 | 7:27 am

La historia real detrás de “Vigilante”, el éxito de Netflix: cartas amenazantes a una familia aterrorizada

Era de noche cuando Derek Braddus retiró el correo de la casilla del frente de su nueva casa y revisó la correspondencia. Encontró el sobre dirigido a M/M Braddus con letra manuscrita y lo abrió. La carta, tipeada, parecía al principio el mensaje de bienvenida de algún vecino:

“Querido nuevo vecino en 657 Boulevard,

Permítanme darles la bienvenida al vecindario.”

Comenzaba el amable mensaje, pero las líneas siguientes le resultaron inquietantes:

“657 Boulevard ha sido el tema de mi familia durante décadas y a medida que se acerca su cumpleaños número 110, me han puesto a cargo de observar y esperar su segunda venida. Mi abuelo vigilaba la casa en la década de 1920 y mi padre observaba en la década de 1960. Ahora es mi momento. ¿Conoces la historia de la casa? ¿Sabes lo que hay dentro de las paredes de 657 Boulevard? ¿Por qué estás aquí? Lo averiguaré”.

Lo que seguía era aún peor.

Westfield está ubicada en Nueva Jersey, a apenas 45 minutos de Nueva York, y es la contracara de la ciudad a la que muchos consideran el ombligo del mundo. Sus 30.000 vecinos pertenecen en gran parte a familias acomodadas que han vivido allí de generación en generación o son matrimonios jóvenes con hijos que, sin alejarse demasiado de sus trabajos en la gran ciudad, buscan vivir en las casas señoriales que se desgranan por sus amplias calles arboladas, disfrutar de sus clubes de campo y sentirse seguros en un territorio donde casi no se registran delitos.

Hasta que ocurrió la verdadera historia de “Vigilante” (“The Watcher”) – sobre la cual se filmó la serie de ficción que hoy es un éxito en Netflix -, Westfield era una meca a la que no era fácil llegar. Hacía falta, más que nada, dinero, y mucho.

Hace unos años un ranking de Bloomberg ubicó a Westfield como la 99ª ciudad más rica de los Estados Unidos, y en 2014, cuando las cartas del Vigilante aún no habían tomado estado público, el sitio web NeighborhoodScout la clasificaba como la 30ª ciudad más segura del país.

Hasta entonces, la inseguridad en Westfield se reducía a alguna ratería sin importancia, disputas entre vecinos por algún ruido molesto y algún accidente menor. La única violencia estaba en la sorda puja por la compra de las pocas viviendas que estaban en venta, porque eran muchos los que querían vivir allí y muy pocas las casas disponibles.

En ese sentido, Derek y Mary Braddus, una joven pareja de treintañeros con tres hijos de 5, 8 y 10 años, podían considerarse triunfadores y afortunados cuando, en 2014, lograron comprar la casa de 657 Boulevard, una de las calles más cotizadas.

Los dos cumplían un sueño. Mary había nacido en Westfield, pero su familia ya no vivía allí, y siempre había querido volver. Derek era todo un ejemplo de triunfador: hijo de una familia obrera de Maine, buscó el éxito en Nueva York, donde su desempeño en una compañía de seguros lo había llevado a la vicepresidencia antes de cumplir 40 años.

Vivir en Westfield era para Mary volver a las fuentes, y para Derek una manera de mostrar con la solidez de los ladrillos su movilidad social ascendente.

Por eso no dudaron en endeudarse casi hasta los tuétanos para pagar 1.355.657 dólares por la casa señorial de 657 Boulevard, con cuatro baños, otros tantos dormitorios y dependencias sobre 353 metros cuadrados cubiertos y un amplio parque alrededor.

Mary había propuesto hacer refacciones antes de irse a vivir allí, para que todo estuviera perfecto.

En eso estaban – con una cuadrilla de obreros trabajando en el interior – cuando el 5 de junio de 2014 llegó la primera carta.

“La sangre joven que pedí”

Derek siguió leyendo, mientras sentía crecer un asombro mezclado con temor. El mensaje le recriminaba que estuviera haciendo refacciones: “Ya veo que has inundado 657 Boulevard con contratistas para que puedan destruir la casa como se suponía que debía ser. Tsk, tsk, tsk … mala jugada. No quieres hacer infeliz a 657 Boulevard”, decía.

Y después llegaba lo peor:

“Tienes hijos. Los he visto. Hasta ahora creo que hay tres que he contado, ¿hay más en camino? ¿Necesitas llenar la casa con la sangre joven que pedí? Mejor para mí. ¿Era su antigua casa demasiado pequeña para la creciente familia? ¿O fue codicia traerme a tus hijos? Una vez que sepa sus nombres, los llamaré y los dibujaré también yo”, escribía el corresponsal anónimo.

Decía también que les había pedido a los dueños anteriores, los Wood, que llevaran sangre joven a la casa, y que se alegraba de que lo hubieran escuchado. “¿Quién soy yo?”, seguía con una pregunta retórica. Y la respondía: “Hay cientos y cientos de autos que pasan por 657 Boulevard cada día. Tal vez estoy en uno. Mira todas las ventanas que puedes ver desde 657 Boulevard. Tal vez estoy en uno. Mire por cualquiera de las muchas ventanas en 657 Boulevard a todas las personas que pasean cada día. Tal vez yo soy uno”.

“Bienvenidos mis amigos, bienvenidos. Que comience la fiesta”, terminaba la carta y, debajo estaba la firma, con la misma letra manuscrita del sobre: “El Vigilante”.